BALAS DE SANGRE (Historias de otakus para otakus)

BALAS DE SANGRE

– La sangre es espléndida, cabrón. Más cuando se derrama por tu culpa. Con eso te lo digo todo.
        El Vagras es un tipo de cuidado. Quienes lo conocen mejor dicen que, en su colonia, no hay quien no haya oído hablar de él. Cada vez que un cadáver fresco amanecía en el barrio, ya se sabía que el Vagras había estado involucrado. La mitad de las veces él era el autor; la otra mitad “el réferi”, “el mánager” o el “proveedor de armamento”.
        Quizá se calló de una moto, quizá se partió la madre demasiadas veces, o tal vez un tira ojete le metió un cachazo; pero a mí me late que en alguno de tantos desmadres se le aflojó un tornillo, porque este wey se siente vampiro. Le encanta la sangre. Verla, tocarla, tragársela.
        El Cepillo es la mano izquierda del Vagras, tanto en sus buenos tiempos en las calles, como aquí en la grande. Creo que hasta sabe su verdadero nombre. Una vez me contó que cuando alguno de los valedores del Vagras se quebraba, el cabrón recogía en una mano la sangre que podía y se la bebía, según disque como una prueba de lealtad.
        ¡Puras mamadas! Al hijo de su madre le gusta la sangre porque esa es su manera de sentirse Dios. Todo el que llega aquí y no siente arrepentimiento es porque se cree Dios. El Vagras es sólo un caso de extremo fanatismo por la sangre. Sueña sangre. Se excita con sangre. Caga, mea y eyacula sangre.
        El Cepillo también me contó que en cierta ocasión un wey, al que le decían el Pupi, propuso cambiarle el mote de Vagras por el de Drácula. Al primero que le dijo así, el Vagras le puso una arrastriza y le preguntó que quién chingados le había puesto ese apodo. El wey se lo dijo. Al pobre Pupi el Vagras le amarró las manos, y luego le dijo con voz tranquila y de buen cuate:
        – ¡Ay!, pinche Pupi. Eres buen pedo; pero aquí el que la caga la limpia.
        El Vagras le dio a escoger entre dos sopas: recibir una patada en los huevos de cada miembro de la pandilla, que eran como diecisiete, o putiza normal. El Pupi escogió putiza, y según el Cepillo hasta una muela le tiraron. Pero, eso sí, el Vagras ordenó que nadie le tocara los huevos. De hecho, hasta dejó que el Pupi escogiera a los seis weyes que se lo iban a madrear.
        Pero lo que son las cosas. La noche en que los tiras le cayeron a la fiesta, allá por Garibaldi, y que cargaron con casi toda la pandilla, minutos antes de eso el Vagras había mandado al Pupi y a otros dos weyes por unos cartones de chela. La libraron de puro milagro.   
        En cambio el Vagras ya lleva aquí nueve años de los sesenta que le echaron de sentencia, y eso que sólo le supieron dos crímenes. A cuarenta años por cada homicidio, fácil le tocarían tres o cuatro vidas longevas encerrado aquí. Pero tiene contactos allá afuera, así que probablemente lo saquen antes; en unos diez o doce años más. Eso mínimo me garantiza su compañía por los próximos seis años y medio, que es el tiempo que me falta a mí.
        Tal vez no tengo tanta suerte como el Pupi, pero sí sé que para caerle bien al Vagras de buenas a primeras se necesita un chingo de suerte. De lo contrario, ser su compañero de celda sería como dormir todas las noches en la misma habitación que Drácula. Claro que si tuviera más suerte no estaría aquí, para empezar. Si hubiera sido más rápido al apretar el freno del auto, una muchacha seguiría con vida, porque yo no la hubiera atropellado. Tal vez ahora ella estaría estudiando la universidad, o trabajando medio tiempo en un banco o algún supermercado.
        Pero no.
        La realidad es que lo poco que pudiese quedar de ella está enterrado en algún panteón, y ahí se quedará para siempre. Una tumba es otro tipo de prisión, pero infinitamente más despreciable que una de barrotes y guardias. Aquí por lo menos hay luz, movimientos, sonidos. Hay vida. La otra debe ser una celda sumamente estrecha, donde no se puede ver, escuchar, ni sentir nada.
        Vaya que soy un tipo con suerte, cuando se piensa de ese modo. Hasta puedo entender al padre de la chica. El pobre hombre utilizó cuanto estuvo a su alcance para que yo me pasara tantos años como fuese posible aquí adentro. Recuerdo que mi abogado dijo que iba a ser muy fácil demostrar que el accidente había sido eso; un accidente. No me hubieran encarcelado. Pero con dinero baila el perro. El padre simplemente compró al juez que decidiría mi futuro. Por eso estoy aquí, compartiendo celda con el Vagras.
        – La sangre intimida. Puede salvarte, lo mismo que matarte. Se regenera sola. Puede portar cáncer y sida. Siempre tienes que cargar con ella, y si la pierdes ya valiste madre. Oye, Miope. ¿Para qué chingados queremos navajas y plomo? La sangre es el arma más cabrona que puede haber.
        Se me hace que el Vagras vio Deadman Wonderland alguna vez. Si sí, qué chido. Al menos eso tendríamos en común. Y si no, entonces no hay duda de que está loco.
        La neta no me lo imagino viendo ánime. Ahora que lo pienso, jamás me había preguntado si seré o no el único otaku en todo el Reclusorio Norte.
        Sea cual sea el caso, creo que me quedaré con la duda. Al menos hasta que el Vagras empiece a decir que puede controlar su sangre y darle forma de una espada, o una cadena mortífera. O tal vez se arranque las uñas y empiece a disparar balas de sangre desde sus dedos.
        Pensándolo detenidamente, no estaría nada mal convertir el reclusorio en un parque de diversiones. Si la atracción principal va a ser que los reclusos tengamos que matarnos unos a otros, mientras yo esté en el mismo equipo que el Vagras, seguro nos divertiremos bastante.
        – ¡A pasar lista! ¡Todos a pasar lista, cabrones!

autor: jorge garcía (georgeallgeorge)

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