Zombis: Entre el Apocalipsis y la Edad de oro del “undead american”

Por Dr. Jabberwocky

Nunca me he considerado un fanático die hard de los muertos vivientes, mucho menos ahora que están de moda, sin embargo hay algo que me impele a seguir de cerca el fenómeno y me pregunto, ¿Qué hay de fascinante en los zombis? Es una pregunta engañosa.

La idea de los muertos vivientes ha existido arraigada durante siglos en el imaginario colectivo gracias al folclor y cuando menos hasta mediados del siglo pasado se les asociaba directamente con el culto afroamericano del vudú que se extiende desde el Caribe hasta los Estados Unidos.


En la época oscura del barroquismo norteamericano era más que sabido que los zombis diferían de los vampiros en cuanto a que los primeros llevaban una vida aburrida: no eran rápidos al perseguir a su presa, llevaban una dieta a base de sesos y corrían el riesgo de perecer al ser decapitados o en su defecto cuando el sacerdote vudú fuera derrotado. Al menos así era sabido por los caza-monstruos old-school, desde Van Helsing hasta El Santo y los de Misterio a la Orden.

Eran tiempos en los que Drácula era el príncipe de las tinieblas (¿o era Bela Lugosi?) y no se preocupaba por ningún otro monstruo capaz de quitarle el título de “Monstruo del milenio” que colgaba en una pared de su castillo, suposición no tan descabellada como el título invisible de “Artista del milenio” que ostentaba Michael Jackson en una de sus paredes imaginarias, cierto o no nunca lo sabremos.

No me malinterpreten, Drácula sigue siendo EL monstruo kick-ass de todos los tiempos, pero el auge de los muertitos ha sido innegable, se merecen el Oscar a la farsa colonialista más compleja existente en los medios actualmente. Cabría hacer un paréntesis antes de explicar el por qué de tan merecido premio, para describir las fases que el fenómeno zombi atravesó hasta ser lo que es hoy, una industria de millones de dólares.

Los zombis se fueron colando al audiovisual poco a poco. Se cuenta que en 1932 un film de un tal Victor Halperlin llamada White Zombie vio la luz estelarizada por Bela Lugosi… pero si somos honestos quien puso a los zombis en el mapa cultural del mundo fue realmente George A. Romero a finales de los sesenta con Night of the Living Dead y todas las secuelas posteriores.

El zombi surgió aquí coincidentemente como el enemigo de la occidentalidad. Incidental o no, el zombi degeneró en una plaga emparentada con el comunismo tan en boga durante la Guerra Fría, plaga que a toda costa debía ser exterminada, si alguien desea buscar los inicios mediáticos del terrorismo puede hallar referencia en las series de los muertos vivientes de Romero.

Y así como en los 60 estaban quienes pugnaban por una guerra contra la URSS, también estaban los que pugnaban por la paz y el amor. La moda hippie barrió de paso todo manierismo restante en el cine, por lo cual la popularidad de los zombis no fue la esperada. Tuvieron que pasar diez años para que los zombis de Romero vieran nuevamente la luz colados entre los hits de la ciencia ficción presentes en los 70.

Aprovechando el éxito de los extraterrestres, asesinos paranormales y posesiones demoniacas, los zombis se abrieron paso lentamente, pero fue quizá el video de Michael Jackson, “Thriller” (1984), el que convirtió a nuestros horrores de Serie B en personajes verdaderamente rentables como se vislumbró desde Pet Semetary (1989), una suerte de domesticación cool que tardó en cocinarse una década más con la aparición del primer juego de Resident Evil en 1998.

Pensemos. La gente dejó de creer en la magia plenamente (sólo se mudaron al new age) después de ver películas como The Exorcist (1973) o The Shining (1980), era lógico que nadie se tragara el mismo modelo paranormal durante los 90, por lo cual lo lógico para los simios guionistas de Hollywood fue renovar esos horrores y hacerlos más terrenales y “realistas” si es que aplica la palabra.


Entre la caída del muro de Berlín y el 11-S, entre Starbucks y los Cosmopolitan, un horror debía figurar y así fue. La década del 2000 le dio la bienvenida a las armas bioquímicas. Si podía pasar en la vida por qué no en el cine también, recordemos que la máxima del cine es la cuestión “What if?…” Y así nacieron los zombis contemporáneos: ágiles como un hombre lobo, rabiosos como Cujo (véase Stephen King) y tras un siglo a dieta de sesos, hambrientos como niños africanos.

Del contagio nadie se escapa. Hemos visto icónicos animales zombis en las cintas y juegos de Resident Evil; mutantes y superhéroes en Marvel Zombies; historias clásicas adapadas a la moda (Pride & Prejudice & Zombies); éxodos masivos de gente reducidos a pequeños grupos evitando ser contagiados o devorados, sea en películas como 28 Days later (2002), el remake de Dawn of the Dead (2004), la saga española REC, Planet Terror (2007), la paródica Zombieland (2009) la hispana Juan de los muertos (2010) o en la televisión con la emocionante adaptación de The Walking Dead (2010-presente)… ¿emocionante? Sí, pero ¿por qué?

 
Todos los contenidos de zombis nos ofrecen la misma premisa: virus se crea; virus se dispersa en la población; un grupo de supervivientes logra escapar; supervivientes van muriendo uno a uno, sean canibalizados o infectados. ¿No sería para estar hartos de los zombis tras una década? Con los vampiros jugando a la cursilería de Dawson’s Creek o las invasiones alien más desgastadas que las suelas de los tacones de la Tesorito; entre el hartazgo de posesiones demoniacas “basadas en una historia real” y los divertimentos del porno chic tan abundante en las Slasher ¿a dónde queda voltear?

Pareciera que entre el Apocalipsis del año 2000 y el del 22 de diciembre de 2012 los zombis han proclamado su Edad de Oro. Y detrás de ello subyace un elemento con miras aburridas (quien quiera dejar de leer ahora es libre de hacerlo): La triste realidad del mundo. Algo curioso. Usualmente hay un personaje que se diferencia del grupo (usualmente es quien sobrevive pero no siempre y no lo llamaría héroe por ello) por tener sentimientos hacia algún zombi al haber sido su significant other antes del contagio, o incluso cuando un personaje del grupo es infectado y su transformación es inminente ¿Cabría aquí algún planteamiento ético frente a la supervivencia del más fuerte?

Frente a esta noción espectacular del undead american es pertinente aterrizar el problema a la vida real y lo llamo específicamente americano por ser una creación estereotípica del Imperio Yankee como en su tiempo fue el western, donde los enemigos de la supremacía capitalista son los malos de la película, y no, mis ávidos lectores, los verdaderos malos no son los zombis pues no olvidemos que dichos supervivientes han perdido su nacionalidad, su identidad y su patria, carecen de derechos y viven en una tierra que ya no les pertenece, son rebeldes.

Los supervivientes son los malos porque son los únicos pensantes, los únicos que no desean alienarse a la réplica postural, ideológica y antropológica pugnada por el colonialismo, la minoría socialmente activa, como en algún momento fueron los judíos y ahora lo son los palestinos, y como fue durante el apartheid sudafricano o incluso como ocurre ahora mismo en Siria o en los estados del norte de México.


Marchas zombis, festivales zombis, plantones zombis en Wall Street. Más que una moda la industria de los muertos vivientes representa el fraude del capitalismo contemporáneo orquestado por las grandes corporaciones y los gobiernos, es decir, capitalismo y colonialismo se hallan emparentados políticamente por el abuso de poder del Estado. Si un pequeño sector de la población es zombi ha de ser exterminado, pero en un mundo apocalíptico o postapocalíptico, los verdaderos zombis son los humanos rebeldes que se niegan a ser homogenizados.

Para finalizar esta idea, en una lucha entre quienes detentan el poder oficialmente y quienes desean obtener ese poder por la fuerza, el pueblo (ya ni siquiera sociedad civil) es categorizado como daño colateral. Tomando prestado un término de Giorgio Agamben, fabuloso filósofo italiano, el pueblo se vuelve Homini Sacer, lo que equivale a los sobrevivientes de la crítica zombi: un grupo sacrificable que ha perdido los derechos civiles que le protegían de la barbarie y por si fuera poco da igual si viven o mueren, pues incluso dentro del mismo grupo se decide quién vive y quién muere si es necesario.

Lo fascinante del Apocalipsis zombi es su enorme semejanza con la vida nuda o realidad precaria, pues lo que está en juego es realmente la aplicación de la “necropolítica” como plantea el intelectual Achille Mbembe en su texto homónimo. El superviviente es siempre el verdadero zombi de la película, quien realmente carece de alma, hogar y reconocimiento ante un mundo distópico transformado por el fascismo y los intereses corporativos. Quienes después de lo expuesto aún piensen que los zombis sólo refieren a tripas y sangre es porque en verdad son muertos vivientes, felicidades, ahora a ver repeticiones de The Walking Dead.

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