SIN LISTÓN (Historias de otakus para otakus)

SIN LISTÓN

Encima de la lavadora automática está la canasta con la ropa sucia. Siento un poco de repugnancia, pero ¿qué me queda? Calzones de mi hermano, calzones de mi madre y mi bra blanco con encajes. Todo revuelto con las doce calcetas que mi padre utilizó a lo largo de la semana para correr por las mañanas. Manchas grises, negras y marrones por aquí y por allá. Trato de poner los dedos sobre las zonas más blancas.
        Un pelo. ¡Asco! Saco la mano rápidamente, agarro la canasta y tiro toda la ropa al suelo. « No está aquí», descubro tras remover con el pie todas las prendas. Dejo sin recoger el montón de ropa y me voy a la cocina.
        – No está en la ropa sucia– digo, al tiempo que dejo correr el agua del fregadero para lavarme las manos. Mi madre levanta la tapa de la olla donde hierven los fideos y una nube de vapor se eleva hasta el techo. El olor inunda nuestra pequeña cocina.
        – Hija, búscalo bien– me dice mi madre un tanto molesta. Siempre me reprocha el que no sepa dónde dejo mis cosas. Digo ¡Assh! y regreso a mi cuarto. Vuelvo a revisar en todas partes. Cajones, closet, cada compartimento de mi bolsa de mano. Encuentro monedas, un lápiz, pedazos de papel con números telefónicos y direcciones de Face apuntados, un frasco de brillo labial vacío y los pétalos secos de una flor que mi novio me dio meses atrás después de arrancarla de un árbol.
        Nada más.
        Desde el baño me llega el sonido del agua de la ducha y de mi padre tarareando una canción. Prefiero escuchar música, así que pongo el opening de Inuyasha en mi celular.
        « ¿Dónde estará?», me pregunto.
        Tontamente se me ocurre que no he buscado debajo de la cama. Me pongo en cuclillas y con una mano me cubro el trasero, por si el menso de mi hermano pasa frente a mi cuarto en este momento, pues la falda se me levanta al doblarme.
        Obvio, no hay nada bajo la cama excepto polvo.
        Me recuesto en la cama. Tengo que juntar las piernas y aplastar con las manos los espacios que quedan a la vista. Me choca usar falda, y más una tan corta. Es de lo más incómodo tener que cuidar cada movimiento que hago; sin mencionar que cuando una viste falda los mirones se multiplican por mil. Son todos unos cerdos ineptos. Para colmo el día amaneció nubladísimo. Seguro que afuera hace un frío tremendo.
        Total. Todo sea por el amor.
        Amor a Inuyasha, claro. Andrés es otro asunto. Supongo que también lo amo, pero no al grado de querer gritar como loca cuando pienso en él. Sólo Inuyasha tiene ese poder sobre mí.
Cuando termina la música cojo el celular y escribo un mensaje.

Oiie nO NkuntroO Mii listOnnn😛 Mee cOmpras OtroO?😄

        Después de enviar el mensaje me dedico a escuchar el ending de mi ánime favorito. Sin darme cuenta, después de un momento, ya estoy cantando en susurro: “Ven. Quiero saber que eres realidad. Dame felicidad”, cuando la respuesta de Andrés interrumpe la canción.

Ok Ya voy pra alla X cierto c me olvdo l disfraz

        En lo más hondo de mi ser despierta un monstruo que permanecía dormido hasta ahora. Sin hacer el menor ruido me convierto en una fiera. « ¿Cómo que se te olvidó el maldito disfraz?», grita el monstro, aunque sus palabras apenas alcanzan a convertirse en una ligera cantidad de aire caliente que se agolpa en mi pecho por unos segundos. Después de sacarlo por medio de un largo suspiro, comienzo a repetirme que Andrés es un idiota.
Enojada, cierro la puerta del cuarto, regreso a la cama y hago que el ending de Inuyasha reinicie. Coloco el celular cerca de mi cabeza y con los ojos cerrados escucho la melodía de principio a fin.

“Quise mostrarme ante ti como alguien de duro corazón…
… indecisión causó el gran error… …
Ven. Quiero saber que eres realidad… …
… … … y nada habrá que me lo impida.
Quiero que mi corazón lo goce… entregándose.”

        Se hace el silencio.
        Abro los ojos y me doy cuenta de que ahora estoy más relajada. Lanzo otro suspiro y descanso la mirada sobre un cromo pegado en la pared, en donde una sonriente Aome mira algún punto impreciso del cielo pensando en Inuyasha. Al parecer no sabe que él está justo detrás de ella descansando plácidamente sobre las ramas de un gran cerezo, con la misma sonrisa y mirada soñadora que ella. Las flores del cerezo caen, y nada puede arruinar la tranquilidad ni la felicidad de ese momento.
        Me levanto y busco en el closet mi verdadero disfraz. Me quito la blusa de cuello azul y la sustituyo por la de cuello verde. La falda verde es todavía más corta que la azul, pero extrañamente me siento más cómoda con ella. Voy a sentarme frente al espejo para unos toques finales con maquillaje. Mi cabello le va mucho mejor a este cosplay que al otro, y lo mejor es que ya no tengo que preocuparme por ningún listón. Con el moño rojo de la blusa es más que suficiente.
        Quince minutos más tarde salgo de mi cuarto. En el pasillo me cruzo con mi padre, metido en su bata de baño y con gotas de agua resbalándole por el cuello y la cara. No es la primera vez que él me ve usando un atuendo tan llamativo. Es la tercera. Aún así no puede ocultar la sorpresa y desaprobación que surgen en su expresión.
        Llego al comedor y me siento a la mesa. En la sala mi hermano el menso mira el episodio en el que Phineas y Ferb construyen un arcoirisador para Isabela. Veo el programa tranquilamente mientras almuerzo una pechuga empanizada acompañada con espagueti. Al ver cómo Candance y Vanessa tienen sus propios problemas después de que sus vestimentas son intercambiadas en la lavandería, no puedo evitar soltar una risita insignificante cuando pienso en mí misma y en los cambios de humor que produce un simple cambio de ropa. Tiene su gracia.
        Veinte minutos más tarde suena mi celular. Es Andrés. Ya está abajo esperándome. No me importa dejarlo ahí por un rato más. Con toda la calma del mundo me lavo los dientes. Meto mis jeans y una blusa para el regreso en una pequeña mochila negra con estampado de diminutos cráneos con moños rosas.
        Tras bajar cuatro pisos de escaleras veo a Andrés en el interior de su auto. Resulta ser que sí lleva puesto el cosplay de Inuyasha. La peluca larga y blanca con orejas puntiagudas va en el asiento posterior, junto con la espada.
        – Aquí está el listón– me dice él, tras abrirme la puerta desde adentro. Un listón amarillo, idéntico al que yo había buscado durante toda la mañana, aguardaba por mí en el asiento del copiloto.
        – Ya no importa. Soy Aome– digo yo. Tal como había imaginado, el frío comienza a helarme las piernas.
        – ¿No habías prometido que si yo era Inuyasha tú serías Haruhi?– pregunta Andrés. Siento algo de regocijo al verlo tan decepcionado como yo lo había estado.
        – Es tu culpa por decir que olvidaste el disfraz– le respondo, y me subo al auto cuidando no arrugar la falda.
        – Eso era una broma.
        – Pues ya ni modo. Soy Aome.
        Disgustado, Andrés arranca el auto y toma la avenida Insurgentes. Por mi parte, guardo el listón en la mochila. Será hasta la siguiente convención cuando lo utilice; eso si no lo pierdo antes.
Pero hoy soy Aome.

autor: jorge garcía (georgeallgeorge)

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